martes, 31 de enero de 2012

Cocinando hecho un bobo



No sé quien estuvo en casa durante enero, pero además de una antena casera, un gran desorden, y un olor a viejo de mil demonios, se dejó un culito de aguardiente “Velho Barreiro” el cual fui bajando de a buchecitos. Hoy le apuré. Fue medio vaso de aluminio, un poco menos, que para la hora de la cena me había dejado animado. El primer buchecito se lo pegué siendo aun de día. El caballo estaba en el patio de atrás tomando agua de un balde con ropa de no sé quién, las chicharras hacían heavy metal de 8 bits, el sol alumbraba los troncos de yatay, araucaria, limón, ambay. Prendi un cigarrillo.
Luego de un trago con 39 % de volumen alcohólico, las grasas se van de la boca, las bacterias se mueren, y uno recupera la total capacidad de sentir sabores, y hasta se le sienten matices al humo de un tabaco.
Con el segundo sorbo me desplazo y me siento en la puerta de adelante, el caballo ya estaba ahi cortándome un poco el pasto, un poco sin ganas. En un momento, sin más, se había ido ya sin que lo advirtiera.
Ya con el tercer sorbo todo andaba a duras penas. Tire los porotos (aquí se comen los negros, allá los blancos) con su agua, en la olla. Y el chorizo que había cortado? Uh. Bueno. Hay otra olla. Frito el chori y le hecho los porotos que ya habían agarrado temperatura. Que más? No recuerdo bien qué más. Para mi ya está. No. falta una papita y el arroz. Ahí sí.
Tuve una novia, duramos poco, que trabajaba en una cocina. Cocinaba muy bien, y bebia como diablo. Sabía la historia, las técnicas, las trampas, el vocabulario y todo lo referido a la alta cocina. Los primeros dos meses el amor sucedía a la cocina, y la cocina sucedía al amor. Luego la echaron y pegó laburo en una rotisería. Su humor y su amor por la cocina murieron allí. Así las cosas a lo nuestro le llevó poco más de un mes marchitarse.
“Ya no la quiero, pero cuanto la quise”, dijo Neruda. Y así, cada vez que tengo tiempo de cocinar como lobo, cada vez que bebo algo nuevo, la voy homenajeando.