Una vuelta, viviendo yo en la residencia
estudiantil del km 1 de Eldorado, fuimos en grupo con los pibes a bañarnos al
Salto Küppers, que se pronuncia “Kipers”. Un salto es una catarata pero
chiquita. Este salto tiene 5
metros de altura y está a diez cuadras de donde
vivíamos. Íbamos con la vagancia hablando boludeces, quizás alguno de recordaba
de algún chiste del chavo del 8, algún chiste que en portugueis fuera más
chistoso que en español, cuando a unos ochenta metros delante nuestro vemos
cruzar, algunos mejor, otros peor, a un felino negro. Mucho más grande que un
gato, más chico que un yaguareté, con orejas cortas, muy largo para la
estatura, con la cola gorda.
Me asombró. Me dio gusto. Luego me molestó,
sentí angustia. Algo estaba mal, no tendría que estar viendo a un felino mayor
tan cerca del barrio donde vivo. La información está en todos lados: los
yaguaretés se quedan sin su espacio necesario para desarrollarse. Cada vez hay
menos porque los atosigamos, y ahí estaba la prueba.
Suelo leer mucho sobre historia,
antropología, sociología. Estos estudios y lecturas son los que más me influyen
a la hora de escribir ficción. En mis textos la humanidad es presentada como la
mayor plaga, como un error más en una larga cadena de pruebas y error que el
tiempo lleva adelante. Los personajes de mis cuentos, los buenos, de una u otra
forma es gente que termina boicoteando a la humanidad, a la civilización. Son
todo lo que se podrían llamar “Anarcos primitivistas”. En algún cuento puse a
un tipo que se vuelve loco, se cree un robot, se carga internet y con ella al “orden”
dejando a cada uno sin otra posibilidad que valerse por si mismos. En otra, la
acción la llevan adelante unos punkies que le tiran bombas a las instituciones;
en una novela que nunca termino de escribir, un chico felino enamorado de un hada, directamente se carga al tiempo y a la realidad misma. Todos tienen en
común que han visto a las sociedades en su total error. Una sociedad donde la
tecnología avanza 10 mil veces más rápido que la ética o la moral implantada
por inmorales de traje o túnica (más que nada), tiene como fin probable (y ya
lo estamos viendo), destruirse a sí misma y a su entorno antes de saber qué
hacer con ella. Todos estos personajes quieren tirar la balanza para un lado.
Antes de ver caer a la humanidad y a la naturaleza con ella, prefieren que
caiga solo la humanidad, mejor dicho, la sociedad.
Como segunda característica que une a estos
personajes que me salen en las ficciones, está el hecho de que creen que la
culpa de todo no es de los malos, sino de los buenos que no han hecho lo
suficiente para garantizar que todos podamos convertirnos en buenos. La gente
que pide pena de muerte para el pibe chorro es la misma que votó a Mac”i, a
Me#em, y a Sob/sch, grandes creadores de desigualdad y pibes chorros.
Y esta la tiro porque tenía ganas de
decirlo: el capitalismo y la religión se están cargando a la humanidad entera.
El hombre hizo a ambas.
Tiempo
después del avistamiento en el Salto Küppers, un guardaparque me ilustra
comentándome que tal vez fue un jaguarundí lo que yo había visto. Que son más
atrevidos y que si andan faltos de comida no tienen drama de acercarse al
hombre y munirse con una que otra gallinácea. Me dijo también que no es el
único bicho atrevido, que nosotros somos como uras en la piel del dinosaurio
más antiguo, la tierra. Que anda tranquila, pero cuando se desperece de
nosotros no va a quedar nadie. Y ahí me di cuenta que mi instinto me lleva más
a parecerme a la ura que a mis personajes. Le dije que como a todo bicho hay
que agarrarse por su espalda. Que el día que todo tiemble yo voy a andar por
los andes, como gaucho que doma un caballo, prendido a una montaña.

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