martes, 7 de febrero de 2012

Parásitos y plagas



Una vuelta, viviendo yo en la residencia estudiantil del km 1 de Eldorado, fuimos en grupo con los pibes a bañarnos al Salto Küppers, que se pronuncia “Kipers”. Un salto es una catarata pero chiquita. Este salto tiene 5 metros de altura y está a diez cuadras de donde vivíamos. Íbamos con la vagancia hablando boludeces, quizás alguno de recordaba de algún chiste del chavo del 8, algún chiste que en portugueis fuera más chistoso que en español, cuando a unos ochenta metros delante nuestro vemos cruzar, algunos mejor, otros peor, a un felino negro. Mucho más grande que un gato, más chico que un yaguareté, con orejas cortas, muy largo para la estatura, con la cola gorda.
Me asombró. Me dio gusto. Luego me molestó, sentí angustia. Algo estaba mal, no tendría que estar viendo a un felino mayor tan cerca del barrio donde vivo. La información está en todos lados: los yaguaretés se quedan sin su espacio necesario para desarrollarse. Cada vez hay menos porque los atosigamos, y ahí estaba la prueba.
Suelo leer mucho sobre historia, antropología, sociología. Estos estudios y lecturas son los que más me influyen a la hora de escribir ficción. En mis textos la humanidad es presentada como la mayor plaga, como un error más en una larga cadena de pruebas y error que el tiempo lleva adelante. Los personajes de mis cuentos, los buenos, de una u otra forma es gente que termina boicoteando a la humanidad, a la civilización. Son todo lo que se podrían llamar “Anarcos primitivistas”. En algún cuento puse a un tipo que se vuelve loco, se cree un robot, se carga internet y con ella al “orden” dejando a cada uno sin otra posibilidad que valerse por si mismos. En otra, la acción la llevan adelante unos punkies que le tiran bombas a las instituciones; en una novela que nunca termino de escribir, un chico felino enamorado de un hada, directamente se carga al tiempo y a la realidad misma. Todos tienen en común que han visto a las sociedades en su total error. Una sociedad donde la tecnología avanza 10 mil veces más rápido que la ética o la moral implantada por inmorales de traje o túnica (más que nada), tiene como fin probable (y ya lo estamos viendo), destruirse a sí misma y a su entorno antes de saber qué hacer con ella. Todos estos personajes quieren tirar la balanza para un lado. Antes de ver caer a la humanidad y a la naturaleza con ella, prefieren que caiga solo la humanidad, mejor dicho, la sociedad.
Como segunda característica que une a estos personajes que me salen en las ficciones, está el hecho de que creen que la culpa de todo no es de los malos, sino de los buenos que no han hecho lo suficiente para garantizar que todos podamos convertirnos en buenos. La gente que pide pena de muerte para el pibe chorro es la misma que votó a Mac”i, a Me#em, y a Sob/sch, grandes creadores de desigualdad y pibes chorros.
Y esta la tiro porque tenía ganas de decirlo: el capitalismo y la religión se están cargando a la humanidad entera. El hombre hizo a ambas.
Tiempo después del avistamiento en el Salto Küppers, un guardaparque me ilustra comentándome que tal vez fue un jaguarundí lo que yo había visto. Que son más atrevidos y que si andan faltos de comida no tienen drama de acercarse al hombre y munirse con una que otra gallinácea. Me dijo también que no es el único bicho atrevido, que nosotros somos como uras en la piel del dinosaurio más antiguo, la tierra. Que anda tranquila, pero cuando se desperece de nosotros no va a quedar nadie. Y ahí me di cuenta que mi instinto me lleva más a parecerme a la ura que a mis personajes. Le dije que como a todo bicho hay que agarrarse por su espalda. Que el día que todo tiemble yo voy a andar por los andes, como gaucho que doma un caballo, prendido a una montaña.

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