Durante enero y febrero de 2008 comencé a
escribir una historia de hadas, brujos, un niño felino, el tiempo, el amor, la
religión, el destino, dudas que se le puedan llegar a cruzar a cualquiera que
sea un poco curioso. En ese tiempo escribí 70 páginas de Word de un tirón, y 20
más con anotaciones, el final, y alguna escena intermedia.
De allí hasta ahora, trabajando en ella
durante los veranos, he escrito sólo 30 páginas más (de seguro muchas más, pero
tras sucesivas correcciones han quedado este número de páginas). La historia ya
está armada, pero para que se convierta en libro me faltan, al menos, la misma
cantidad de páginas. 240 páginas de Word son unas 360 páginas de un libro
normal.
La historia salió de una lluvia de recuerdos
de amor, de imaginarnos a nosotros mismos viviendo como bichitos en la
enredadera inmensa que había en su casa. Ella era un hada, un coatí. Yo, por
las estrías que marcan mi espalda, era su chico felino.
Como comencé a escribirlo cuando olí que se
venía la debacle final, comencé a planearlo como una guía para sus niños, o mis
niños, o los nuestros quizás si la vida es justa (pero no lo es). Quería que
fuera un libro como El Principito, un libro de guía para niños inteligentes y
alegres. También quería que fuera como el Señor de los Anillos pero sin esa
idea del Bien absoluto y el Mal absoluto. En la vida real nadie es malo ni
bueno del todo. Las personas son personas. En los libros que no me gustan el
malo aparece malo y ya. Iba a haber un malo en mi historia, si, pero me iba a
encargar de explicar esa psiquis, cómo se llega ahí, qué hacer con él. Y bueno,
el bueno de la historia iba a ser bueno pero por descarte. He ahí algo, el
héroe no nace héroe, se hace el día que ve La Totalidad y toma su lugar en
ella.
Otra cosa que tenía en claro que no iba a
pasar en mi historia era el final abierto. Hay un montón de historias que uno
no quiere dejar de leer, historias en las que uno quiere seguir sentado en la
mesa con esos personajes, yendo por esos caminos, comer las frutas que hay en
esas páginas. Cuando dicen “y vivieron felices hasta el fin de sus días” yo me
embroncaba porque quería seguir sabiendo que seguía después de eso. De que
trabajaba él? El príncipe y la doncella jugaban en la habitación? Cocinaban
juntos? Ella habrá querido aprender arquería hacia sus 40 años? Quién murió
primero? Que hizo el otro? Me encargué de contar la vida de mis personajes, de
vivir con ellos y comer sus comidas y mostrar sus costumbres. Y el final es un
final como la misma palabra lo dice.
Con el correr de los años la historia ha
mutado y ya no es tan legal. Podrían leerla niños mayores de 10 años, pero
contiene escenas fuertes, extrañas en la literatura de aprendizaje… no creo que
en épocas de Oliver Twist le hubieran perdonado la vida al autor si ponía una
escena de incesto. Así y todo es de las mejores escenas que escribí en los 10
años que me dedico a esto. La han leído y he escuchado desde cosas como “qué
sexy que es”, hasta “qué tierno que es”. Ha encontrado lugar en la historia de
forma natural, ha explicado la psiquis del villano, ha explicado maldiciones
centrales de la historia, y convierte a una, en apariencia, historia de hadas y
duendes para niños, en algo profundo y rico.
Eso
sí, para mi las historias de amor son cursis y grasas o no son historias de
amor. Las historias de amor se hacen de cosas pequeñas, de momentos juntos, de
un poncho para dos, de un reviro en invierno bien romanticón.

Hola, hola!
ResponderEliminarYo quiero leerla! Me gustan las hadas y las historias de amor ñoñas, así que ya sabes :)
Saludos!