Me miro al espejo. Vacío, fraccionado, flaco, con frío, cansado. Desnudo por dentro y por fuera.
Me miro los ojos, luego la boca. Los ojos, la boca. Los ojos, la boca. Los ojos. Los ojos. Los ojos, la boca.
Esta boca supo besar, supo decir cosas bellas que además eran ciertas. Esta boca amó y fue amada (no por vos, desgraciada). Con esta boca reí, canté, comí y calmé. Pero a mi no me calma. Ahora no me calma. Ahora esta rota.
Me miro a los ojos. Ojos de dormido. Ojos de chino. Ojos con poca resolución pero con bastante análisis. No veo bien pero suelo entender las cosas. Más que ver, preveo.
Mis ojos solían apuntar, pero ya no tienen esa fuerza. Es más, ahora que ya no soy un niño han llegado a jugarme malas pasadas viendo cosas que nunca estuvieron allí.
Me aprieto el labio roto y le saco un poco de sangre. No alcanza para escribir nuestra historia, pero sí para escribir el número que era de tu casa: **61726.
La sangre es amarilla, cuando se seque lo vas a ver, biology girl.
No hay comentarios:
Publicar un comentario